A
medida que tengo más y más claridad sobre mi opción, sobre
mis sueños, que son sustantivamente políticos y adjetivamente
pedagógicos, en la medida en que reconozco que como educador
soy un político, también entiendo mejor las razones por
las cuales tengo miedo y percibo cuánto
tenemos aún por andar para mejorar nuestra democracia.
Es que al poner en práctica un tipo de educación que provoca
críticamente la conciencia del educando, necesariamente
trabajamos contra algunos mitos que nos deforman. Al cuestionar
esos mitos también enfrentamos al poder dominante, puesto
que ellos son expresiones de ese poder, de su ideología.
Cuando comenzamos
a ser asaltados por miedos concretos, tales como el miedo
a perder el empleo o a no alcanzar cierta promoción, sentimos
la necesidad de poner ciertos límites a nuestro miedo. Antes
que nada reconocemos que sentir miedo es manifestación de
que estamos vivos. No tengo que esconder mis temores. Pero
lo que no puedo permitir es que mi miedo me paralice. Si
estoy seguro de mi sueño político, debo continuar mi lucha
con tácticas que disminuyan el riesgo que corro. Por eso
es tan importante gobernar mi miedo, educar mi miedo, de
donde nace finalmente mi valentía. Es por eso por lo que
no puedo por un lado negar mi miedo y por el otro abandonarme
a él, sino que es preciso controlarlo, y es en el ejercicio
de esta práctica donde se va construyendo mi valentía necesaria.
Es por esto
por lo que hay miedo sin valentía, que es el miedo que nos
avasalla, que nos paraliza, pero no hay valentía sin miedo
que es el miedo que, “hablando” de nosotros como gente,
va siendo limitado, sometido y controlado.
Paulo Freire
(Cartas a quien pretende enseñar; 1993)